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La primera vez

Publicado por en 14 Mayo 2009 – 12:48Sin comentarios

La primera vez

La vida cotidiana atestigua diálogos precortados: los coloquios se transforman en vociferaciones nebulosas y el número de conceptos usados para expresarnos disminuye considerablemente; las palabras desaparecen parcialmente y lo único que queda de ellas es una expresión abreviada o sus indicios fónicos predominantes… Ahora cabe preguntarnos ¿Existen motivos de peso para hacer de la verbalidad un pastiche de ecos? La respuesta se inclina a una rotunda negación. Sin embargo, lo que sí existe es una circunstancia que nos es común en todo occidente: consumismo, medios masivos, cánones enfermizos y Fast food; estamos sumergidos en una alienación constante de aceleraciones y revoluciones que supera la ficción. Pero si examinamos esta circunstancia y la llevamos al terreno de la oralidad, veremos que la ley del mínimo esfuerzo subsiste por lo económica y rápida que resulta; el habla hace las paces con las transnacionales y mientras más barata, fácil y correcta sea la materia prima a procesar, mejor… ¡Pero vamos, recapitulemos! ¿No estaremos siendo muy injustos con el habla? Evidentemente sí, más que mal, los hablantes hacemos el habla. Acto seguido: nosotros somos los responsables directos de este fenómeno de transformaciones progresivas.

Pido permiso para quitarme este traje de academicismo a la ligera que tomé prestado. Urge revelar que no soy abogada de la RAE ni de los profesores de Lengua Castellana jubilados… De corazón —si es que me permiten creer que poseo uno—, supuse que la crítica Anti-Sistema y que la enumeración fenoménica eran las mejores formas de acercarme sutilmente al tema que me convoca. Hubiese sido inadecuado y pedante ir instantáneamente al grano puesto que a veces necesitamos lugares comunes para generar instancias de entendimiento. Afortunadamente, este es el momento perfecto para confesar el tema que personalmente me atañe: la simplificación del habla prosaica en desmedro de la percepción sensorial.

A continuación, una breve exposición que puede hacer mucho sentido:

La memoria es gramática: pensamos y recordamos en ítems lexicales distribuidos de una forma determinada propia del huso lingüístico local. En resumen, la gramática estipula nuestro alcance cognitivo como también nuestras potencialidades (de ahí ciertas afirmaciones tipo “Tal lengua es fecunda para escribir filosofía”, “Es un atrevimiento traducir poesía Haiku”, etc.).

En lo que respecta a la ley del mínimo esfuerzo aplicada en la vida diaria, el panorama es más o menos así: si nuestra memoria está compuesta mayormente de diálogos y recuerdos precortados, imágenes sueltas difíciles de enlazar y gesticulaciones fugazmente contempladas —características propias de una memoria promedio afectada por el ajetreo de la sociedad de consumo— es de esperar que olvidaremos progresivamente detalles que en el futuro podríamos juzgar esenciales: el conocimiento cumbre de una tesis, un testimonio, una imagen, un olor, las últimas palabras de un ser querido que se aleja, etc… Después de todo, el cliché de la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” no dista mucho de la realidad.

El rechazo que infunde el olvido como reflejo de descuido y trajín no reposa en un gusto dramático por la nostalgia ni en epílogos impresionistas juveniles; tiene más de vitalismo que de otra cosa: es un rechazo que opta por la vida. ¿Cuántas veces hemos deseado retener la emoción de una primera impresión? ¿Cuántas veces hemos deseado guardar celosamente esa impresión y apretar un botón que nos permita revivir la susceptibilidad que nos embargó? ¿Cuántas veces hemos deseado resucitar la candidez de la infancia para ver el mundo circundante desde otro prisma? No deberíamos aspirar al reconocimiento,  ¡deberíamos exigir visión! Sabemos que el lenguaje en la vida cotidiana tiende al pragmatismo, que las imágenes que expresamos a través de él funcionan como un medio rápido de pensar y que es muy poco lo que queda por conocer, no obstante, la automatización perceptiva tiene un límite que va de la mano con la susceptibilidad que asignamos a cada hecho; del compromiso que asumimos con nosotros mismos cuanto criaturas sensibles provistas de lenguaje y pensamiento.

En última instancia podría ser útil conocer nuestros propios límites respecto al juego memoria-olvido; intuir qué situaciones son meritorias de recordar en su cabalidad y en base a ello liberar el sistema de automatización momentáneamente —o en su defecto hacer vista ciega a la ley del esfuerzo mínimo—. Pero hay algo que es claro: percibir algo en su continuidad es más completo que asumirlo como parte del espacio… Cambiar el switch viendo las cosas tal como si fuera la primera vez es un azote perceptivo necesario.

Foto: Arslan (cc).

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