Caminando por Santiago
No sé a ustedes, pero a mí me encanta caminar. La caminata como un paseo, una experiencia contemplativa casi turística. Esas caminatas en donde no sólo ocupas los pies sino también los ojos para hacer nota mental de todo y cuanto ves. Esas caminatas que te producen tortícolis de tanto mover el cuello de un lado a otro. Esas caminatas donde ocupas las manos para tocar paredes, árboles, barandas y escaños. Esas caminatas donde piensas en histórico cuando en tu cabeza se mezclan las clases de historia y la revista del domingo en viaje. Porque todos tenemos un turista dentro al cual no le importa si estamos en Bangkok o Santiago, sólo le importa descubrir cosas que nunca vio, ya sea por costumbre o pereza.
Vale la pena no tomar el metro y caminarse una o dos estaciones, vale la pena sentarse a fumar en el parque —por cierto la diferencia entre fumar caminando por Ahumada y fumar sentado en un parque es tan simple como la diferencia entre la adicción y el gusto—. Hagan la prueba y siéntense a tomar un café en algún lugar donde no pensaron relajarse —la Plaza de Armas, por ejemplo—; siéntense a tomar un café al lado de la catedral, relájense y traten de olvidar que están en el centro, olviden la crisis económica, el partido del sábado, o el condón que le encontró su vieja en la mochila; sólo miren y descubran, pueden posar la vista en el Portal Fernández Concha —siempre me quedo pegando viendo la estatua de una virgen en el último piso—. Sé, por experiencia propia, que pareciera que el arquitecto encargado de remodelar la plaza sufrió una trombosis mientras la ideaba. Pero no todo es tan malo: piérdanse en el espacio abierto que ahora significa y como acostumbro a aconsejar, entablen conversación con alguien a quien no conozcan, la plaza está llena de gente dispuesta a ello.
Otro paseo imperdible es la Quinta Normal y sus alrededores: ¿Nunca comieron mote con huesillos en el “Monserrat” frente al Artequín? Si sus abuelos nunca los llevaron, probablemente es que no los querían. Por suerte sigue ahí en su carrito modificado, entregando los que considero los mejores motes con huesillo de Santiago (sí, Rey del Mote con Huesillo: in your face!).
Hagan lo que hagan, la Quinta es lo máximo. Si pueden, den un paseo en bicicleta o simplemente piérdanse entre tanta magnolia; se darán cuenta que esas escenas románticas bajo los árboles con las hojas cayendo sobre los tortolitos no solo pasan en celuloide. Tengan cuidado, me han contado que pueden tener enamoramientos repentinos y con poca proyección (me han contado…).
Algo que no pueden dejar de hacer es visitar la Basílica de Lourdes, una iglesia gótico-bizantina sencillamente imponente y de preciosa arquitectura, con una cúpula de 70 metros coronada por la Virgen de Lourdes, la que está rodeada en un plano inferior por 16 profetas hechos por la escultora chilena Lily Garafulic (una eminencia en el arte chileno la que, para nuestra suerte, sigue viva y esculpiendo). Frente a la basílica se encuentra la Gruta de Lourdes, inspirada en la gruta francesa de Santa Bernardita, que es un lugar de oración muy lindo. Si son creyentes, pueden rezar o participar de la misa; si no lo son, no cometan el error de irse sin sentarse unos momentos en ella: realmente se respira paz.
Antes de irse, den vueltas por los alrededores de la basílica. Es un barrio viejo y un poco muerto con ese encanto que le da el paso de los años, con casas centenarias y algunas señaléticas del siglo pasado. Si tienen suerte, podrán conversar con algunos de los muchos artistas que aún habitan ahí, pues este es el barrio natal de variados artistas chilenos, como la escritora María Luisa Bombal.
No es, para variar, mi intención que visiten obligadamente los lugares que les comento, pero si me envían un mensaje contándome que salieron, que hicieron un paseo y que realmente lo disfrutaron, me sentiré mas feliz que perro con dos colas, porque como comente en una respuesta anterior, Santiago es realmente bello y amable para quienes se den el tiempo de descubrirlo. Háganlo, pues, para bien o para mal están acá, caminan por sus calles, respiran su “aire”, duermen en sus casas, se enamoran bajo sus árboles y, probablemente, mueran sobre su tierra. Denle una oportunidad, tal vez les guste y terminan escribiendo en una página web de bajo presupuesto (pero bien bonita, jefe, ¡lo juro!).
Fotografía: (c) Leandro Valdovinos
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