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Renca no la lleva todavía

31 Enero 2012 – 01:08 | Sin comentarios

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La contracara del estudiante revolucionario

Publicado por en 1 Junio 2009 – 01:41Sin comentarios

Estudiar humanidades, el miedo de todo padre. ¿Quiénes son los que llegan a estudiar las carreras de dicha área del conocimiento? ¿Qué tan revolucionarios son los estudiantes de humanidades? ¿Es acaso su condición de “sujetos pobres” lo que los hace ser revolucionarios “por naturaleza”? Aquí leerá el testimonio de un desencantado, de alguien que se cansó de las falsas apariencias de quienes se autodenominan “defensores del pueblo pobre.”

Cuando llegué a estudiar a Juan Gómez Millas, todo me era familiar de antemano. Viniendo de un colegio emblemático del centro de Santiago, el ambiente a libertad –de cierto tipo— que se respiraba allí era algo que podía homologar a mis vivencias en la educación secundaria. Llegar a la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile era el sueño de cualquier estudiante humanista/laico/progre: las ideas de libertad, de lucha social por un cambio se podían respirar por todos lados. Brotaban por los murales revolucionarios de la Facultad. Nos sentíamos, en mayor o menor grado (junto a todos los que entrábamos), como actores fundamentales para llevar a cabo un cambio en la sociedad chilena; que fuese más humana, más solidaria, consciente de la otredad, de los sujetos y todos los actores sociales, y de la importancia de éstos en la construcción de un mejor porvenir.

Pero esa imagen de las “grandes alamedas” era sólo una quimera. Era una enajenación de quienes entrábamos allí, producida por una construcción mental arquetípica. Muchos, pronto nos dimos cuenta que esa imagen de cambio social era sólo eso, una imagen, mucho más compleja de lo que se podía observar desde afuera. Una imagen que obviamente era construida en base a un discurso revolucionario, contrario a la realidad objetiva de los estudiantes que se decían (y dicen) a sí mismos como actores sociales revolucionarios.

victorySer “barbón y de pelo largo” en una facultad de carreras humanistas, llega a ser casi un deber-ser. La imagen del revolucionario crítico de su sociedad, cual mural del Che Guevara pintado en el “ágora” de la facultad, es construida de la misma forma que se construye la identidad de un adolescente de 15 años inmerso en la cultura del ‘ponceo’, o de un joven ABC1 que siente que el cambio social se logra en el miserable limosneo, más bien conocido como programa de construcción de mediaguas o “Un Techo Para Chile”. Ese “must be” se contradice con la realidad objetiva de los que llegan a estudiar a dicha Facultad. Si se hiciera una encuesta de dónde provienen los estudiantes de humanidades, la gran mayoría son estudiantes de colegios privados, viven en una comuna como Ñuñoa, Providencia, Las Condes o, más bien dicho, de los estratos C2 y C3, según clasificaciones sociales basadas en el mercado. No son los niños pobres que se mueren de hambre, como su discurso lo indica.

El disfrazarse de pobre, revolucionario y organizador de las masas populares, es sólo eso, un disfraz. Pero muchas veces se trata de un disfraz perverso. Es un discurso que genera la imagen de que a los pobres les gusta ser pobres, de que, bajo esa careta del rescate de la memoria histórica de los sujetos populares (objetivo muy loable), se esconde la otra faceta, de la esperanza de mantenerlos por siempre como pobres y sujetos populares, para así tener un sujeto de estudio impermeable por la corrupción de mercado y, por sobre todo, fácilmente maleable para ser instrumentalizado política e intelectualmente. Nunca va ser políticamente incorrecto tener la buena intención de ayudar a los pobres. Pero utilizarlos como sujeto de estudio es tan patético como los niños bien que van a armar mediaguas con el pretexto de ayudar. Son discursos que se critican mutuamente, pero a la vez son complementarios: en el fondo, provienen casi siempre de un condominio con calefacción central; con guardias en la puerta, para que los “rotos” no lleguen a robar.

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