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La vida del estudiante: ¿La copia feliz del Edén?

Publicado por en 28 Julio 2009 – 23:08Sin comentarios

La vida del estudiante: ¿La copia feliz del Edén?

Hace tiempo que tengo una espina clavada y no sé por qué nunca había hecho el esfuerzo por sacarla. Justo me acordé de que esto es DILO.cl, así que aquí voy.

Mi problema se trata de lo mucho que odio que la gente haga trampa en las pruebas de la universidad y más aún, que a los evaluadores parezca darles lo mismo. He cursado en las dos casas de estudio más respetadas de Chile y ninguna hizo diferencia a la hora de los “qué hubo”: siempre algún alumno copió y aunque el profesor o ayudante lo haya visto, prefirió ahorrarse el cacho que sancionar como corresponde esta acción anti-reglamentaria.

¿Es la copia una institución en nuestros centros de estudio? ¿Hasta dónde la toleramos? ¿Confiamos en la copia a la hora de estudiar? ¿Nos importa?

En los estatutos/reglas de toda universidad que se respete —y en realidad, en cualquier centro estudiantil— existe la cláusula que se penaliza severamente a los alumnos que sean sorprendidos haciendo trampa, léase trampa como tener material extra cuando no está permitido por el profesor, traficar respuestas con los compañeros, etc. La razón por la que existe esta regla es bastante básica: que el alumno sea capaz de retener el conocimiento y utilizarlo correctamene cuando sea necesario, aplicándolo cuando sea conveniente. En caso de copia sostenida, alguien sin estas capacidades podría lograr un título profesional sin efectivamente saber hacer la pega, lo que se traduce en baja en la calidad del centro de estudios y en los profesionales que llenan el mercado laboral.

La justificación recurrente a la hora de validar la copia por parte de los alumnos es “no me importa esa materia, nunca la voy a utilizar en la vida real”. Los estudiantes que hacen este juicio, discriminando qué conocimiento utilizarán en el futuro, no tienen escrúpulos a la hora de hacer trampa y por lo mismo son los más asiduos a esta conducta, simplemente porque creen que están haciendo lo correcto. Mi argumentación en contra se tratará básicamente de dos puntos simples que desarrollaré a continuación: el título profesional y la capacidad de seguir las reglas como indicadores de aptitudes y ética, respectivamente.

Título profesional como indicador de aptitudes

Cuando nos enseñan qué pensaron los griegos, cómo resolver integrales quíntuples, la estructura genética de los monitos del monte o cómo medir un people meter, lo que se espera en general no es que trabajemos todo el día en ello. Lo que pretende nuestra universidad es que seamos capaces de ponernos a la altura de los desafíos, tengamos capacidades resolutivas y logremos crear las estructuras mentales que nos permitan resolver los problemas planteados. Es, por así decirlo, como pedirle a un niño que aprende a hablar que nos diga un poema de esos típicos de cabro chico (“Soy chiquitito como una pepita de ají…”): aunque probablemente nunca use ese poema, sí fue capaz de tomar su conocimiento acumulado y ponerlo en práctica, aprendiendo más cosas y ejercitándose. Eso, sin duda alguna, lo hizo más inteligente.

Cuando un empleador ve en un currículum la institución de la cual el postulante egresó, lo que hace es crear una imagen del perfil que los estudiantes de ahí tienen, dados por las exigencias del establecimiento y por los valores que éste inculca en sus alumnos. Cuando egresas, se espera que al menos seas capaz de una serie de aptitudes y actitudes, siendo la malla rígida de tu carrera la principal herramienta para inculcarlas y asegurar que los titulados sí seguirán un perfil profesional acorde a lo que el centro de estudios espera proyectar.

A todos nos desagradan los ramos cacho que tienen nuestras carreras. Estoy totalmente de acuerdo con que existen algunos que sirven realmente para nada, pero copiar no es la solución ni menos una alternativa siquiera válida. Primero que todo, porque al matricularnos en alguna instutición aceptamos todas las reglas que ésta tiene (siendo una de ellas no copiar, oh sí) y segundo, porque las reglas se cambian mediante discusiones serias, es decir, proyectos de cambio de mallas curriculares.

Aunque suene duro, nadie te obligó a estudiar donde estás. Si los estatutos no te convencen, siempre hay otras alternativas.

La capacidad de seguir reglas como indicador ético

Una de las características que más escasea en la vida es la rectitud de carácter de las personas. En el mundo laboral, específicamente en los puestos resolutivos, resulta gravitante: cuando tus decisiones afectan a mucha gente, más te vale tomarlas bien. Si durante tu proceso de formación profesional no dudaste en hacer trampa siempre que se pudiera, ¿existe alguna razón para no cometer fraude, estafas y engaños si eso puede generarte buenos resultados? Sé que lo anterior es en gran medida exagerado, pero no veo un límite concreto entre un estudiante tramposo y un profesional tramposo, más que nominalmente hablando.

Consejo de su humilde servidor

Estudie, no sea patán. Si no lo hace, entonces sea hombrecito —o mujercita, si corresponde— y asuma las consecuencias de su flojera. Los títulos se ganan portándose bien, no robando conocimiento al resto. Después de todo, ¿no vamos a estudiar para dejar de ser a-lumnos?

Imagen: Mr_Stein (cc)

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