El Amor a la Cebra
Mirar una cebra es una experiencia única. Observar cómo se contornean finamente cuando comen los tiernos pastos que hay en el suelo, es una experiencia maravillosa. Su majestuoso cuerpo esculpido por el más selecto de los artistas del renacimiento, es una clara muestra de su hermosura ejemplar. Sus ropajes albinegros, hechos de telas sintéticas, dejan entrever con sensual sutileza sus gentiles movimientos al trasladarse de un lugar a otro.
No en vano en la historia del hombre se ha enaltecido a esta oda a la belleza animal. Desde hace centurias los pueblos de Europa del Este –principalmente cosacos y los comerciantes de la Liga Hanseática–, navegaban infranqueables ríos y mares para poder llegar a las reservas naturales en donde esta noble criatura vivía en estado salvaje. Con sus grandes destrezas, pulidas a través de los siglos, seducían a las cebras y las alejaban de su tierra máter, llevándolas a los pueblos de las frías estepas siberianas; a los activos puertos del norte germánico; a los densos bosques y lagos de las nórdicas tierras de Thor (en nórdico Þórr), Odín (Óðinn) y otros seres míticos.
Pero hablar desde la experiencia histórica le quita el sentido a la cebra. Pensarla desde el mero empirismo, es destruir con hechos y frases preconstruidas la hermosura de sus crines moviéndose al suave galope de las tibias tardes en la sabana sudafricana, o observar sus finas piernas al expandirse sus egregios músculos. Pensar en el amor a un animal tan hermoso, es amar a la vida misma. Es amar sus anchas caderas, su cuerpo perfectamente moldeado por la garuga matutina, sus ojos grandes y expresivos… La tensión sexual (denominada “pulsión” en la jerga freudiana) entre quien observa a la cebra y ésta propiamente tal, es tan grande, que sólo genera amor y deseo. Un deseo irrefrenable a la posesión y disfrute mutuo, en las artes amatorias, de este fino y elegante équido.
Pensemos, pues, en amar siempre a nuestro prójimo. Pero si nuestro prójimo es una bella cebra, no reprochemos moralmente nuestros sentimientos y declarémonos ante el amor. Sin duda tan gentil especie estará dispuesta a devolvernos recíprocamente el regocijo que en nuestro corazón se manifiesta al estar en su presencia. Alabemos, pues, a nuestro creador y a sus creaturas, por la existencia de la cebra.