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31 Enero 2012 – 01:08 | Sin comentarios

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Al tintín de las monedas

Publicado por en 26 Septiembre 2009 – 17:36Sin comentarios

Al tintín de las monedas

Los vagabundos en Santiago abundan. Deambulan por los rincones y esquinas de la ciudad buscando el sustento para su precaria vida. En el centro, más aún, la labor del mendigo toma un cariz diferente. Un cariz que puede transformar la actividad más cotidiana en la más insólita, la más extraña y la más digna de recuerdo.

La señora que vende dulces en la intersección de Estado con Phillips bosteza y se estira en su asiento, toma el diario y lo hojea sin mucho interés. Mira hacia todos lados, se saca los zapatos de taco aguja que combinan con su pulcro traje gris de dos piezas e inmediatamente decide ponérselos de nuevo, pues un hombre se aproxima para comprarle algo. El piso de piedra del pasaje está lleno de agua, quizás con un poco de la orina de perro que luce la estatua al Apóstol Santiago, dos metros más allá.

El hombre viene desde la Plaza de Armas. De tez morena, mide aproximadamente un metro cincuenta y se tambalea a causa de una pierna un par de centímetros más corta. En su cabeza lleva un gorro de lana negro y viste un gastado buzo térmico, lleno de gotitas de barro y de un color irreconocible por la suciedad acumulada. Se acerca a paso firme a pesar de su cojera y entra en el oscuro callejón creado por la separación de los edificios del portal Bulnes: el callejón Phillips.

El hombrecito ha pasado un par de horas en la plaza, pidiendo plata a la gente que descansa en las bancas, a los viejitos que juegan ajedrez en la cúpula techada y a los transeúntes de la calle Monjitas. Sin embargo, el esfuerzo ha sido en vano. Al acercarse al puesto, las papas fritas cuestan 200 pesos más de lo que ha logrado reunir. “Por la cresta”, refunfuña y guarda las monedas en su bolsillo. Da media vuelta y sale de la callejuela hacia Estado. Se apoya en la pared exterior del portal, al lado de un basurero, y continúa la labor.

Casi una hora después, el mendigo no ha logrado conseguir ninguna moneda. Incluso una colega ha pasado cuatro veces a pedirle plata a él. “Qué gente más cagada” dice para sí en un tono tan claro que los transeúntes y la señora del puesto de golosinas pueden oírlo. Cruza Estado y se acerca a la cúpula techada de la plaza. Patea a las palomas que se agolpan en la escalera, se sienta y mira fijamente el puesto con el ceño fruncido.

Cuatro bancas hacia su izquierda conversa y ríe una joven pareja. Mientras él escribe en una libreta y canta, apoyado de lado en la banca, ella lo abraza por la espalda. Ambos miran al vagabundo sentado en la escalera. Éste se percata de las miradas, los observa de vuelta y sonríe. Al poco rato se pone de pie y se acerca.

—Una monedita, hermano —le pide al muchacho.
—No tengo nada, disculpa —contesta éste en un tono burlón y luego muerde la tapa de su bolígrafo.
—Sácate el lápiz de la boca, oye, que te va a hacerte mal para los dientes —aconseja el vagabundo—. Tienen cualquier infección y cualquiera podría pensar mal de que te gusta el lápiz en la boca, con el respeto de la dama.
—¿Onda chulapi?
—Oye, no seai ordinario, que estai con una señorita acá —ríe el hombre—. Ya po, date una moneda.
El joven saca de su bolsillo un par de monedas y se las entrega. El vagabundo entonces da media vuelta y se dirige hacia el puesto de dulces.

“Ahí tenís, vieja siútica”, le dice el mendigo a la mujer con una amplia sonrisa, mostrando los pocos dientes que le quedan. Ella por su parte lo atiende de forma agresiva y le entrega lo comprado junto con un par de garabatos. Pero esto no parece importarle al hombre, que silbando se interna en Phillips, pero ahora con su ansiado paquete de papas fritas en la mano.

Foto: acameronhuff (cc)

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