Cuando pensar solo apunta a producir

Cuando pensar solo apunta a producir

Cuando el padre Felipe Berríos escribió Extranjero en su país, el artículo sobre “la cota mil”, probablemente no imaginó el revuelo que causaría. Generó discusión en prácticamente todos los sectores ligados a la educación: algunos lo apoyaron y cuestionaron la burbuja que encierra al barrio alto, mientras que los afectados salieron a defenderse argumentando que no están aislados, pues hacen trabajo social. Al final el tema pasó y todo siguió igual que antes; solo quedó el recuerdo tristemente gracioso de un grupo de estudiantes de la mencionada cota, que con su defensa —la semana siguiente, en el mismo medio—, en vez de reivindicar su posición, sacaron risas.

En otro polo de la discusión académica está el grueso de las universidades privadas. Nacidas gracias al olfato bursátil de empresarios y mantenidas por los sueños profesionales de miles de familias, otorgan títulos con metodologías severamente deficientes en comparación con sus pares más tradicionales. Sus estudiantes son lo contrario a los de la cota mil: pertenecen a familias humildes que sueñan con verlos como abogados, arquitectos o periodistas, y por eso se esfuerzan —a veces de manera sobrehumana— para poder pagar los aranceles. El problema es que estas universidades generan cartones que dejan a sus poseedores en desventaja total, tanto nominal como efectiva, respecto a los individuos formados en planteles más rigurosos. Total, a sus dueños lo comido y lo cobrado no se los quita nadie. Nadie.

Las universidades connotadas se escapan de los cuestionamientos anteriores; primero, porque sus planillas de profesores y alumnos tienden a ser más homogéneos y segundo, porque un cartón de ahí sí vale. Las dos más cotizadas del país son tradicionales, eso es conocimiento popular, pero también hay privadas que han hecho un trabajo excepcional y se han ganado el miedo de varias del Consejo de Rectores —un ejemplo claro es la UDP—. Estos idilios del saber parecieran erigirse más allá de todo mal, pero para ser la cima de las aspiraciones profesionales del país, dejan de lado una tarea casi tan importante como otorgar cartones válidos: formar ciudadanos universales.

La deficiente formación que recibe el alumnado fuera de su área productiva, por ser inútil para la sociedad de consumo, margina a jóvenes potencialmente creativos a los paradigmas propios de la carrera que hayan decidido estudiar. Así nos encontramos a diario con economistas que no tienen idea como relacionarse con la gente, ingenieros que jamás podrían redactar una carta, periodistas que creen que Platón descubrió el amor, abogados que para multiplicar 21 por 7 tendrían que sacar una calculadora, etcétera. Siempre el conocimiento ordenado hacia un producto, nunca hacia el mero acto y deleite de conocer.

En una época en que la división de las tareas productivas ha reducido al máximo las posibilidades creativas humanas, resulta especialmente importante que las universidades tomen las riendas del problema y generen profesionales con una visión que trascienda su campo de especialidad. Tal vez no sea posible llenarnos de humanistas como los del Renacimiento, que eran tan artistas como científicos, pero sí resultaría provechoso para la sociedad completa que las personas que hayan pasado por sus aulas puedan ver a través de más de un prisma.

Las universidades chilenas deberían darle pelea a esta sociedad bananera y formar profesionales integrales de verdad, no solo decirlo en los comerciales. Ya basta de los cursos de formación general que son un cacho, que piden asistencia obligatoria y que le interesan a nadie. Nada mejor que aprovechar el tiempo y permitir a los alumnos seguir hasta donde su curiosidad les permita. Los paradigmas resultan mecánicamente útiles, pero cuando solo contamos con uno, nuestra vida se ve limitada a una existencia intransigente y prejuiciosa.

Foto: Pontificia Universidad Católica de Chile (cc)

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Acerca del autor

Fabián es el ideólogo tras DILO.cl, uno de sus fundadores, administradores y además su editor general. Estudia Periodismo en la UC, es un orgulloso usuario y entusiasta de GNU/Linux y admira el mundo del software libre. Si gustas, puedes seguirlo en Twitter @fabdango o leer su blog personal.