La patria en la ciudad de Oz
En sus giras, el guitarrista chileno Claudio Cordero ha visto cosas sobrecogedoras: las pirámides de Teotihuacán, el Cristo Redentor, el Palacio de Versalles. Pero la experiencia que pasó en los Alpes franceses le parece hasta hoy la más impresionante de todas, cuando vivió la música en un pueblo remoto, tomando vino tinto y comiendo empanadas chilenas.
Por Fabián Núñez Acevedo.
Claudio Cordero tiene una vida poco frecuente entre los músicos chilenos. A sus 31 años ha sido parte de numerosas bandas, tanto criollas como extranjeras, con las que ha girado por Brasil, México, Costa Rica, Argentina, España, Italia y Francia. Fue en este último país, en una localidad que le pareció perdida en el tiempo, donde vivió su historia más querida y también más sorprendente, la que resulta su favorita hasta el día de hoy.
Entre el 16 y 19 de mayo de 2007 se realizó en Marsella el festival Prog’Sud, cuatro noches de rock progresivo con bandas de todo el mundo. Claudio fue parte del trío estadounidense-mexicano-chileno Oxygene 8, cuya presentación ocurrió el último día. El evento fue un éxito y cuando acabó, todos los músicos tomaron los vuelos de vuelta a sus respectivos hogares. Pero aviones hacia Chile no saldrían sino hasta el día siguiente.
Fred Schneider —bajista de la banda anfitriona del festival, Eclat— llegó esa mañana a buscar a Claudio. El músico así lo recuerda: “El compadre me pregunta qué voy a hacer hoy y le digo que estoy botado. Tenía todo el día y estaba quedándome en un hostal que era como para película de miedo. No era feo, pero era muy largo, con unos pasillos enormes”. Fred lo invitó entonces al pueblo donde tocaría más tarde, a una hora de viaje.
En la marcha, ya alejados de la ciudad, pararon el auto en una casa de campo enorme donde llegaron a través de caminos de tierra. Dentro había un hombre de unos 60 años, canoso, grande y un poco gordo, tomando cerveza, que los invitó a pasar. Claudio vio una mesa de pinball, varios bajos y fotos del fondo marino colgando en las murallas.
El dueño de casa, al saber que uno de sus invitados era chileno, comenzó a hablarle del sur del país, de lo lindas que son esas tierras. Conversaron un rato hasta que llegó la hora se seguir el camino, cuando Fred habría de contarle a Claudio que su amigo fue el fotógrafo de Jacques Cousteau por muchos años, por eso las fotos del mar.
Para llegar al pueblo de destino debieron conducir a través de las montañas y pasar campos de flores por una hora más. Durante el viaje, la mente de Claudio empezó a trabajar e imaginó que llegarían a un bar legendario perdido en los Alpes, pero al encontrarse en Beaumont de Pertuis no pudo sino creer que se encontraba en una dimensión desconocida: “Era una especie de aldea de duentes de 1450. Un pueblo medieval”.
La comunidad del lugar donde llegaron organizaba en ese momento el festival “La voz de la música”. Claudio no entendía nada, incluso creyó estar en el paraíso: “Clima primaveral, mucha gente, familias enteras escuchando con un respeto increíble, una plaga de golondrinas en el cielo y gente que vendía o cambiaba instrumentos en la calle”.
Eran las 4 de la tarde cuando Fred debió probar sonido para la presentación que vendría. Después de eso, los músicos fueron a canjear sus vales de almuerzo al expendio de comida oficial del evento. “Empanadas: €2. Vino: €1. Cerveza: €1. Sí, empanadas. Escrito en chileno textual”, recuerda el músico. Y remata: “Las empanadas son la comida tradicional de Chile, ¿por qué las están vendiendo acá en la ciudad de Oz?”.
Maritza era una doctora chilena que escapó del país en 1973, tras perder a su pareja. En Francia conoció a su marido actual, con quien se instaló en Beaumont de Pertuis. Dejó la medicina para dedicarse a la artesanía y sedujo con sus empanadas a los habitantes, tanto que junto a un grupo de cocineras las hizo la comida oficial de “La voz de la música”.
Con la comida en sus manos y Fred tocando con su dúo Double Face, Claudio escuchó la música y la suma de todos los factores que vio lo impresionó de una forma tal que se le escaparon un par de lágrimas. No lo podía creer.
La primera vez que Claudio giró fuera del país tomó su guitarra y pensó: “gracias a esto estoy aquí”. Entonces entendió que la música le estaba permitiendo cumplir sueños. “Me sentí agradecido del universo, de la configuración de todas las cosas y de la realidad, por poder ser protagonista de una historia tan mágica”, confiesa tras recordarse tomando vino y comiendo empanadas en los Alpes franceses. Después de eso, nada lo sorprende.
Foto: camslecams (cc)
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