Cueca urbana en La Isla de la Fantasía
Sí, lo logré: al fin tengo mi departamento ultra juvenil-contemporáneo-con-piezas-snob-de-diseño en Bellas Artes. He estado disfrutando estos últimos días de mi nueva vida urbana tomando cafecitos, teteras de té, paseando por el forestal y conversando con cuanto vecino con pinta de sociable encuentro. Fue justamente en un paseo nocturno que me encontré algo que me hizo sentir increíblemente bien.
Como ya sabrán los que me leen, una de las experiencias urbanas que más disfruto es el famoso happy hour. Buscando uno anoche se me ocurrió visitar el Catedral, un bar ubicado en la esquina de José Miguel de la Barra con Merced. Tiene mucho estilo: parte con una escalera digna del Titanic, cuenta con una barra muy buena y uno de los mejores Tom Collins que he probado en Santiago. Siempre hay buena música, harto gringo y gente “cool” (que valgan las comillas). Es el segundo y tercer piso de un edificio (el primero es el restaurante Opera, del que hablaré otro día).
El tema es que figuraba yo parado afuera del Catedral, con el estomago repleto de chapsui y carne mongoliana —nunca desestimen, oh sibaritas, el poder de la comida “china” cantonesa para servirse o llevar—, muy bien acompañado cuando, entrando por la escalera que ya mencioné llega a mis oídos un “aro aro aro” seguido de una paya picarona y el comienzo de una cueca. Los ojos se me abrieron como huevo frito y me apuré escalera arriba. Efectivamente era el Catedral, con su gente “cool” y sus gringos con pinta de buenos (¿por qué siempre los turistas tienen cara de buena gente?), sus barmen agitando cocteleras y el DJs moviendo perillas. Lo único que cambiaba era el escenario: figuraba una señora con pinta de nueva ola, muy enfudanda en pilchas de cóctel, junto a un séquito de viejitos con cara de “tío Lalo” y un par de músicos más jóvenes, que fijo eran los nietos, todos muy abrazados a sus guitarras, acordeón y la caja mientras la señora entonaba cuanta cueca conocida y no tanto encontraba, al son de su pandero. Me encaramé como pude al bar, pedí mis muy sagrados Tom Collins y me dispuse a disfrutar.
El grupo en cuestión resultó ser “La Isla de la Fantasía”, un nombre muy bien puesto para estos porteños y digo bien puesto porque ese era el ambiente: una burbuja de sueños, recuerdos y visiones. Los que estaban afuera no podían siquiera imaginar la emoción que se respiraba dentro de ese bar. ¿Como podrían suponer que ahí mismo estábamos cantando a todo pulmón las cuecas que conocíamos y tratando de memorizar las que no?
Y es que esto de la cueca urbana me está gustando cada día más. No sé ustedes, pero yo soy de esos que la escucha todo el año, no por un chovinismo mal cuidado sino porque de verdad me gusta. Me gusta bailarla y escucharla, su picardía casi inocente a veces —insisto, a veces— me hace sentir identificado con el pedacito de tierra que algunos solo llevan en las suelas. Y es que dentro del camino natural del folclore y su obligación de adaptarse, la cueca urbana es un acierto.
Esta rama de la cueca nació a mediados de los ’50, pero recién esta última década está explotando como merece. Al fin pasa de un circuito marginal —no se me pongan sensibles, que el día que después de un reggetón pongan una cueca brava seremos al fin vencedores— a un ambiente juvenil promedio, tan promedio que puedes encontrarte un día cualquiera y sin aviso previo con unas cuantas patitas bien sensualonas en el bar donde nunca pensaste.
Ahora, por otro lado, y haciendo uso extremo del corazón de mantequilla que mi abuela tan hábilmente me forjó, qué gusto me dio la señora cantante y su grupo de tíos Lalos. Con qué alegría cantaba la señora viendo a “jovencitos” bailarle y aplaudirle la cueca, porque cuando a uno le gusta le da lo mismo dónde esté: es necesario sacar pañuelo y agarrar a la niña del brazo. Gracias a dios los garzones tenían pañuelos para quien necesitara… y es que así de preparados estaban. Esto no era una “muestra folclórica” del 18 donde un ministro tiene que aprender de nuevo a bailar porque ya se le olvidó, ni esos cuadros plásticos que hasta nosotros encontramos “exóticos”. ¡Cómo pueden ser nuestras tradiciones exóticas! Esto era la expresión misma de, lo que espero, sea un cambio de mentalidad, un nuevo punto de vista de nosotros mismos. Vamos, que no les pido que vayan a izar la bandera y se pongan a gritar el himno, ¿pero cómo es posible que para el chileno promedio bailar cueca sea ponerse traje de huaso del año cero y bailar un pie medio tieso y artificial?
Me gusta la cueca brava porque es la cueca que yo quiero que sea, suena como me gusta, se baila como me gusta y cuando la bailo y la escucho me dan ganas de gritar “VIVA CHILE MIERDA” sin sentirme un imbécil que tomó mucha cerveza viendo un partido.
Foto por: Seo2 | Relativo & Absoluto (cc)
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