Este es el primero de una serie de artículos en el que intentaré articular un discurso histórico de análisis de los cambios que se han producido en la sociedad chilena en los últimos 20 años. Acá, intentaré esbozar tres elementos fundamentales: el crecimiento económico y la superación de la pobreza (a raíz del artículo de Gonzalo), la intervención del Estado en dicho proceso y, por último, cuál es el estátus de quienes, supuestamente, han logrado salir del círculo de la pobreza.
Recordando a Tomás Moulian, en su ya clásico libro “Chile Actual: Anatomía de un Mito”, la sociedad actual está respaldada por una ideología del progreso material y técnico. Es decir, el proyecto neoliberal se basa en una construcción ideológica basada en el cientificismo político; en que el progreso técnico (y tecnológico) ilimitado, que se puede observar en el mundo contemporáneo, es y será la principal fuente de resolución de todos los conflictos sociales. Es decir, todos los problemas de la gente[1], serán resueltos basándonos en el optimismo de las cifras macroeconómicas. Por ejemplo, uno de los discursos más recurrentes en los defensores a rajatabla del sistema socioeconómico actual, es fundamentar la mejoría material de gran parte de la sociedad chilena y, en especial, la dramática disminución de la pobreza (de un 38,6% en 1990, a un 13,1% en 2006[2]), basándose única y exclusivamente en el crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto del país, entre los años 1986 y 1997[3].
Frente a esto último, sin embargo, no se puede dejar de mencionar la importancia del gasto público que se comenzó a realizar desde la llegada al poder de la “Concertación de Partidos por la Democracia”, para intentar mejorar las condiciones de vida de los chilenos con menos recursos. Según Patricio Meller,
“Supongamos que no hubiera habido ningún cambio en las políticas públicas de los gobiernos democráticos a partir de 1990, i.e., se hubiera mantenido constante la “eficiencia del crecimiento para la reducción de la pobreza” del periodo 1987-90; esto implícitamente significa que el gasto social del año 1990 se mantiene constante. El resultado de este ejercicio sería que el porcentaje de pobreza de 1996 sería de 33,7%, y el número de pobres alcanzaría casi a 4 millones.”[4]
Figura 1: Evolución de los índices de pobreza 1990-2006.[5]
(Porcentaje sobre la población) AÑOS TOTAL POBRE * INDIGENTE Nro. % Nro. % 1990 4.968,3 38,6 1.674,7 13,0 1992 4.390,6 32,8 1.206,4 9,0 1994 3.815,9 27,7 1.045,1 7,6 1996 3.320,5 23,2 822,4 5,7 1998 3.184,0 21,6 825,5 5,6 2000 3.038,9 20,2 838,2 5,6 2003 2.905,4 18,7 726,5 4,7 2006 2.208,9 13,7 516,7 3,2
Si observamos la tabla anterior, podemos observar que en los sucesivos gobiernos de la Concertación se produjo una importante reducción de la cantidad de personas que estaban sumidas bajo la línea de la pobreza. De un 38,6% existente en el momento en el cual asume el mando Patricio Aylwin, se reduce a un 27,7% cuando Eduardo Frei asume el poder. O sea, una reducción de casi un 11% en un total de 4 años (o un 2,75% anual). Al asumir Ricardo Lagos, esta cifra se reduce a un 20,2%, siendo el descenso anual de un 1,25% (7,5 en el período). Michelle Bachelet recibe en el comienzo de su mandato, un 13,7% del total de la población bajo la línea de la pobreza. Es decir, con un descenso de un 6,5% en los 6 años (o un 1,08% anual).
¿Qué pasó con estos pobres que dejaron de serlo? ¿Dónde se establecieron en la escala socioeconómica? Si lo pensamos bajo una lógica simplista, sería obvio que dejaron de ser pobres para pasar a ser de “clase media”. Ellos dejaron de ser pobres, puesto que mejoraron sus condiciones materiales de vida: aumentó su escolaridad, pudieron acceder a bienes de consumo tales como televisores, lavadoras, equipos de música, refrigeradores, etc.
Según los parámetros de la encuesta CASEN, la delgada línea que divide a quien es pobre de quien no, es medida por un conjunto de elementos materiales que son considerados para la construcción de una “canasta básica de bienes”. Dicha canasta básica se compone tanto de los elementos de consumo mínimo para la subsistencia (Canasta mínima alimentaria), como también de ciertos artefactos que son necesarios para vivir, pero que no son necesidades mínimas para la supervivencia (como un refrigerador). El cálculo, por tanto, para definir a alguien si es o no indigente, se basa en que el ingreso per cápita es insuficiente para cubrir el costo de una “canasta alimentaria mensual”, lo que implica que es imposible para dicha persona cubrir los requerimientos mínimos de ingesta calórica diaria, y mucho menos de una alimentación sana y equilibrada.[6] Por su parte, para definir quién es pobre o no –es decir, establecer la “línea de la pobreza”–, se considera quienes ganan menos del doble del valor de la línea de la indigencia, para zonas urbanas[7]. Es decir, quienes son pobres, son capaces de financiar una alimentación indispensable para su subsistencia, pero no pueden satisfacer todas sus necesidades básicas.
Figura 2: Línea de Pobreza e Indigencia
(Pesos corrientes de cada año)

Ahora bien, ¿son estos parámetros aplicables a la realidad? ¿Es esta forma de cuantificación de la pobreza una forma adecuada para considerar a quien es y no es pobre? En mi perspectiva, no. Siguiendo con el análisis que se aplica para considerar a alguien como pobre y no pobre, existe un apartado en la encuesta CASEN que incluye la cantidad de bienes (o tipo de bienes) que caracterizan socioeconómicamente a las personas. En la medida que una persona tenga uno o más de esos bienes, se dejará de considerar como pobre. Es decir, si una persona es poseedora de un lector de DVD, por ejemplo, podría dejar de ser pobre, puesto que es un bien no imprescindible, aún cuando haya sido comprado utilizando herramientas crediticias. A fin de cuentas, la medición de la pobreza en la sociedad actual, se ha transformado en un índice que manifiesta el grado de integración de los sujetos dentro del sistema económico actual: quien no tenga un grado de integración en el sistema bancario (o del mercado de colocaciones en general), es pobre. De ahí a que sólo un 13% lo sea, pues la penetración y cobertura del sistema bancario es lo suficientemente amplia como para considerar a ese 87% restante, hecho relevante en la construcción de identidades sociales.
El resto… en el próximo capítulo.
[1] El concepto de gente, tiene toda una connotación social específica. Desde los sectores altos, se ha establecido de que la “gente” son todos quienes son iguales a ellos (o “gente como uno”). La “gente como uno”, es la “persona bien”, es el igual para los sectores altos que se pueda diferenciar claramente con la “gallada”.
[2] MIDEPLAN. Serie de análisis de resultados de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN) 2006. Nº1. La situación de la Pobreza en Chile.
[3] Landerretche, et. al. Aportes para el debate: desarrollo, empleo, equidad y democracia. Fundación Chile 21. Ediciones Chile 21. Santiago, 2005
[4] Patricio Meller. Pobreza y Distribución del ingreso en Chile (década de los noventa). En Drake, Paul; Jaksic, Ivan (compiladores). “El Modelo Chileno: Democracia y desarrollo en los noventa.” Lom Ediciones. Santiago, 1999.
[5] MIDEPLAN. Óp. Cit.
[6] MIDEPLAN. Óp. Cit.
[7] Para zonas rurales, se calcula incrementando en un 75% el valor del presupuesto básico de alimentación. Mideplan. Óp. Cit.
Imágen: http://loinvisibleesesencialalosojos.blogspot.com/
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Fabuloso. Muy buen análisis, y creo que cuando se integren las partes faltantes quedará la zorra. Sin embargo, creo que quedó como en el aire lo de dejar de ser pobre por comprar un lector de DVD a crédito… No veo por qué objetar el considerar “no pobre” a alguien que decide gastar su dinero (o crédito) en necesidades no-básicas (como un lector de DVD), puesto que se asume que si lo hizo es porque ha cubierto antes sus necesidades básicas… Quizás si pudieras profundizar más en tu razonamiento entendería tu postura.
Gonzalo, lo que sucede al respecto, es que la construcción de las identidades sociales de los sujetos, no se basa en la satisfacción de las necesidades mínimas. Para comprender la estratificación social chilena, debemos analizarla desde dos perspectivas: objetiva y subjetiva. En la objetiva, es entender cómo se miden los distintos estratos sociales (o la típica GSE o grupos socioeconómicos). En la subjetiva, es entender cómo se construyen las identidades y, en especial, cómo los sujetos intentan ser algo, independientemente si tienen los medios económicos para hacerlo.
El punto de la columna, radica en que las mediciones objetivas que se realizan para entender los distintos estratos sociales, no pueden integrar las variables. Porque el consumo con crédito especialmente, está ampliando el ingreso per cápita, aún cuando este se deba pagar nuevamente. A su vez, el consumo de bienes como un DVD, no necesariamente implica dejar de ser pobre, pues ya no es un bien suntuario. Es cosa de darse una vuelta en un campamento o población. Las identidades culturales “de clase”, no se construyen con bienes en sí mismos, sino que tienen que ver más con el uso de éstos y cómo son leídos discursivamente con un “otro”.
Esto da para largo, pero espero que con el resto se entienda
Ah, comprendo. Es que para mí la pobreza es una condición económica y no una “clase social”. Por eso, yo creo que el comportamiento económico de los sujetos determina su condicón económica, pero no así su condición social, ya que este depende de variables sociales. Por lo mismo, un pobre económicamente puede no ser “clase baja”, y viceversa, aunque la intersección es probablemente muy grande. Ahora comprendo tu punto
.
que se note .. lo estoy leyendo, de a poco, pero lo leo
bacán que publiquen estas weás acá, wn !
harto de acuerdo con el artículo, la erdá es que es bastante imprecisa la forma en que se clasifica a la población pobre y no . me recordó mucho a los típicos weones que muestran sus mediaguas todas hechas pico pero con el tonto televisor adentro, una weá absurda .
lo que me queda en duda en todo caso es cómo se puede catalogar la pobreza de otra forma . IDH ? parámetros más flexibles ? :B
e insisto: muy buen artículo, bacán que publiquen estas cosas acá .
El problema es que la pobreza social (por ponerle un nombre) depende de variables que son muy difíciles de medir. El IDH reduce a números ciertas variables, pero el resultado es tan impreciso como la medición por ingreso per cápita.
Tomando la definición de la parte subjetiva del Nico: ¿cómo medir cómo los sujetos intentan ser algo? ¿cómo hacer de esa medida una medida que sea factible de comparar con otras y obtener concluciones al respecto?
Al final, el problema creo que no es la definición de pobreza, sino que la inexistencia de una metodología adecuada para medirla apropiadamente.
Ese es el gran punto. Creo que la imposibilidad que han tenido las Ciencias Sociales de generar definiciones y mediciones “reales” de las condiciones de la población, se han transformado en un gran desafío. Pero esto no sólo pasa con los sectores más pobres. Es mucho, pero mucho más patente dentro de la “clase media”. Por ahí van los tiros en el resto de los artículos (que al fin y al cabo son un pedacito chiquitito de mi tesis).