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Renca no la lleva todavía

31 Enero 2012 – 01:08 | Sin comentarios

En noviembre de 2010, un gigantesco letrero hizo visible a la comuna en el mapa de Santiago. El eslogan “Renca la lleva” debía marcar el inicio de una serie de proyectos recreativos y ambientales, pero …

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De asesinos, nostalgia y eterno retorno

Publicado por en 25 Abril 2010 – 18:12Sin comentarios

De asesinos, nostalgia y eterno retorno

Vivimos en una ciudad agresiva, una ciudad cosmopolita y frenética, una en donde caminar lento pareciera un lujo que pocos —tal vez sólo ancianos y turistas— se pueden dar. Nuestro ritmo no deja espacio para la contemplación ni el pensamiento. Es por ello que agradezco al cielo cuando sorprendido me siento a contemplar, a pensar o simplemente a disfrutar. Pareciera en esos momentos que la virgen te sonriera desde su puesto vigía en lo alto del cerro, como si sonriera diciendo “estaba ahí, yo lo sabía y te lo indicaba, pero no sabías verlo”.

No estoy hablando de revelaciones divinas aunque les juro que así me sentí cuando me ocurrió lo siguiente.

Era el primer día en mi departamento nuevo, al fin lograba vivir solo después de siglos soñándolo. Todo parecía fresco, todo era libertad, fueron tantas sensaciones que recién ahora comienzo a asimilarlo. Era un día de noviembre y mi viejo me acompañaba pues esperaba la llegada del mobiliario, por lo que llegada la hora de almorzar salimos buscando un sucucho donde comer y conversar.

Subimos por Merced rumbo a Victorino Lastarria con sus siempre ricos almuerzos ejecutivos. Mi viejo prendió con la idea de un fancy almuerzo en el “Opera”, en Merced con José Miguel de la Barra, pero faltaban 15 minutos para que abriera por lo que dejamos una mesa reservada y seguimos subiendo por Merced.

Mirando yo todo como si nunca hubiera paseado por ahí me quedé pegado mirando el óleo de un alaskan malamute —mi raza favorita de perros— en una pinacoteca, me morí de hambre oliendo el “Bombón Oriental” —que por cierto a esta altura me tiene con mil kilos extra— y babeé por primera vez con la vitrina del “Kind Of Blue”, la mejor disquería del barrio que con sus vinilos de Amy Winehouse, The Ramones y Dinah Washington me tiene en una seria cruzada de ahorro para comprar un tocadiscos.

Seguimos paseando sin rumbo fijo, hablando de la vida, la responsabilidad y esas cosas que uno habla con los viejos cuando me vi hablando solo. Di la vuelta y ahí estaba el viejo parado como una estatua griega sembrando la duda, con la mirada fija en los cristales de lo que parecía un restorán kitsch: ventanas negras y una pequeña puerta sin muchas pretensiones. En la entrada rezaba english spoken, parle français, mientras que arriba en cursiva el ventanal decía “Les Asassins”.

—Este es —dijo la estatua con sobrepeso que era mi padre en ese momento.

—¿Este es qué? —respondí yo, sintiendo como si hubiésemos encontrado la cura del cáncer, la solución a la pobreza o una dieta milagrosa. La estatua cobró vida y entró volando al localcito, yo le seguí.

Unas cuantas mesas, varios adornos colgados y una barra que parecía poder escribir mil novelas y biografías: era un bar, pero no piensen en la generalización de la palabra ni se lo tomen a la ligera. Este era un BAR con todas sus letras, mayúscula, negrita y subrayado; el eslabón perdido, el Adán de los bares. ¿Cuántos habrán reído en esa barra? ¿Cuántos habrán llorado un amor abrazando un “Whisky on The Rocks”? ¿Cuántas relaciones habrán comenzado con un guiño de ojos apoyados en esa barra? ¿Cuántos martinis, cuántos sour? Mi corazón de barman se encendió entre la fantasía de estar en un boliche con historia. Pedí un amaretto sour y seguí mirando.

El viejo por su lado estaba emocionado y conversaba con una garzona de mi edad con pinta de no entender nada. En eso sale un tipo de la cocina con pinta de bonachón. Tenía al ojo la edad de mi viejo. Mi padre lo mira, él le devuelve la mirada… se miran un rato. Yo emocionado creyendo que al fin encontraba pruebas de que la homosexualidad es genética veo que mi viejo con cara de Marlon Brando pronuncia un apellido, mientras que el otro con la mejor cara de James Dean responde el nuestro.

“Aquí viene el beso”, pensé yo con mi mejor cara de cine. Lamentablemente no habían cabritas, pero la barwoman me dio maní. Se acercaron con sensualidad, abrieron los brazos y se dieron don abrazo con palmada de espalda. Hubo varios “tanto tiempo” para un lado y “viejo compadre” para el otro y yo con la misma cara que puse al ver los finales de los primeros tres episodios de Star Wars me alisté a soportar un capítulo más de “Historias de geriátrico”, cuando mi viejo me quedó mirando con toda la intención de presentarme al hombre.

No les reproduciré toda la conversación porque es del todo extensa. Sólo les contaré que el ahora decrépito hombre que es mi viejo tenía veinte y equis años cuando se fue a vivir solo al barrio bohemio de la capital: Lastarria-Bellas Artes. Trabajaba cerca y carreteaba cerca. Sin ir más lejos, todas sus noches pasaba a tomarse uno o dos tragos  —o tres cuatro y cinco, aunque no lo haya dicho— a un pequeño barcito repleto de poetas y profesionales jóvenes que con un par de tragos también hacían poesía. Fue un pequeño barcito donde lloró amores, rió chistes y apagó teles; esa barra donde en ese minuto me tomaba mi amaretto fue testigo presencial del inicio de cientos de carreras del tipo sentimental, de esas que yo ganaría varias décadas más tarde y en una pista totalmente diferente. En esa barra mi progenitor se había parado con su chaqueta de cuero, una ceja fruncida y la misma expresión con la que yo frunzo mi ceja apoyado en mi barra favorita usando la misma chaqueta… en esa barra se le acercaron a hablar y hace 30 años él respondió el mismo nombre que respondo yo cuando se me acercan.

Lo miro hablando con su compadre —que resulta ser el dueño del bar desde la era del hielo— y me conmuevo: ahí está mi viejo… viejo, añejo, vinagre, gordo y en proceso de arrugación; miro su rostro y lo quiero un poco más, miro su —mi— nariz y pienso que así se me verá a mí. Miro a su compadre y pienso en mis amigos, en el tiempo, en la vida, en los hijos y en la inmortalidad del cangrejo.

Rato después salimos del bar rumbo al “Opera” y desde la calle miré a la cima del cerro. Inevitablemente sonreí y me dije a mí mismo: “Ríete nomás patuda, si no fueras tan alta hace 30 años que no te llamaríamos ‘la Virgen’ del cerro”.

Foto: paeberz (cc)

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