Así no se trata a los mayores
Tenía 3 años cuando en mi afán de habladora novata le dije a mi ahora difunto tata Raúl: “Tata weón”. Acto seguido, me llegó una cachetada del porte de Rusia y un “así no se le habla a los mayores”.
En mi casa se decía eso muy seguido: “así no se trata a los mayores”, “así no se habla a los mayores”. Porque los mayores eran más sabios, más respetables, más preparados para la vida. Y estar en la buena con ellos traía muchos beneficios: historias divertidas, premios, trucos de magia y un sinfín de cosas que me hacían pensar: “Cuando sea grande quiero ser como mi abuelita”.
Me parece curiosa la cantidad de hogares de ancianos, de gente vagabunda en la calle, todos esos abuelitos olvidados que se llenan de alegría cuando encuentran alguien con quién conversar. Mi abuelita se ríe cuando le digo que me la voy a llevar lejos, que vamos a viajar, que vamos a vivir juntas. Pero es un deseo sincero el retribuirle con cualquier cosa que esté a mi alcance todo el conocimiento que me ha entregado, todos los guateros en invierno, todos los tecitos para el dolor de guata, todas las recetas de cocina.
¿Cómo una cultura puede enriquecerse si le negamos espacio a nuestras fuentes de sabiduría? Es cierto que Chile necesita olvidar muchas cosas para poder mejorar, pero olvidarse de nuestros mayores no me parece una buena idea.
Me ha tocado ver escolares siendo insoportablemente insolentes con señoras viejitas en la micro, o jovencitos haciéndose los dormidos en el metro con tal de no dar el asiento, o simplemente siendo groseros gratuitamente. ¿Qué mueve a esta juventud a ser tan irreverente e insensible frente a las personas que nos han entregado el mundo?
Es cierto que los medios nos educan. ¿Está la respuesta en Yingo, en Mekano, en Calle 7? Me encantaría saber de dónde se aprende esa indiferencia sin arrepentimiento hacia el resto de las personas, encontrar la fuente donde se origina la rebeldía sin causa y el sin respeto hacia todo lo que nos rodea.
Tengo tres hermanos, un par de gemelas de 20 y un hermano de 13, y las diferencias entre nosotros son increíbles. Yo nunca le levanto la voz a mi mamá o menos decir garabatos frente a mis papás, pero mi hermano chico a grito pelado manda a todo el mundo a la punta del cerro y se pasa por ahí mismo las recomendaciones o los castigos de cualquier persona. Y de verdad me parece muy curioso, porque cuando a mí alguien me levanta la voz no la saca barata, y cuando sea una abuelita, a bastonazos miércale agarro al que me diga cualquier palabrota.
La mayoría de las culturas orientales tienen borroso el límite entre el respeto y la veneración hacia sus mayores. Ellos siempre saben todo, tienen las respuestas a los conflictos más difíciles y esperan su muerte pacíficamente, súper aperrados. Ahora, aquí en occidente, tenemos adultos adictos a las pastillas, dependientes de los terapeutas, con trabajos que odian, deseos frustrados, matrimonios que no resultaron e hijos con los que parecen no saber lidiar. Y obviamente, se quejan de esto la mayor parte del tiempo.
Si ese es el ejemplo de ser adulto, ¿quién querría serlo? ¿Qué respeto se le puede tener a alguien que no supo hacer las cosas bien? Y si los adultos que me rodean son como las huifas, ¿entonces para qué los voy a escuchar si todo lo que hicieron o pensaron los llevó a ese estado de disconformidad terrible en el que están ahora?
Puede ser eso o que por cada generación que llega, los padres son más blandos en una especie de compensación emocional por todas las cosas que a ellos les negaron de niños, o por el inocente deseo de querer ser más cercano, más amigo. Papás que se esfuerzan por ser el papá bacán, entonces no le niego nada y el exceso de permiso se transforma en una pérdida de autoridad.
Es un tema complicado. Y no sé qué hacer al respecto para remediar un poco la situación. Yo veo a mis papás como seres humanos, con defectos y virtudes, pero no por eso los respeto menos, y aunque lo he intentado no logro que mis hermanos vean el respeto como algo tan fundamental en la vida y en el trato con las personas todas, sin importar su edad.
Es extraño que se cruce por mi cabeza el pensamiento de que cuando sea viejita para los jóvenes que me tope en la calle voy a ser una “vieja culiá” y que todas las cosas locas y choras que me pasaron en la vida van a ser simplemente un montón de historias que nadie quiera escuchar.
Foto: elbragon (cc)
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