Con este clima, Michelín o muerte
Que El Niño, que La Niña, que si en verano hay muchas hormigas en el basurero de la cocina indica que lloverá harto, que si tiembla se modifica el tiempo, que el cambio climático y más argumentos existentes cuando intentamos explicar a la naturaleza.
Desde que llegó marzo y se cumplió el 21, es decir el equinoccio de otoño, han pasado cosas extrañas. Subió el Transantiago, a Quenita la paparazzean con dos minos distintos al mes, nos importa la canción del Mundial porque sí vamos, entre otras cosas. Pero una que usted nota, siente y alega: “’uta que está raro el día”.
Despertar en la mañana, salir de la cama, parecer que el ambiente nos golpea con el frío y nos hace encoger los hombros y correr a la ducha calientita. Después prender la TV para notar que exactamente los Celsius dan una cifra que no tiene dos dígitos. En esos momentos, poco importa la máxima que habrá en unas horas más. Tomarse un té o café hirviendo, no importa quemarse la lengua, todo sea por calentar algo, aunque sea el estómago que ni está expuesto. Aunque antes de eso, uno ya tomó una mejor receta: abrigarse mucho.
Según enseñan las madres, cuando uno se abriga se necesita (apunte con lápiz y papel):
- 1 ó 2 poleras
- 1 polerón o chaleco
- 1 pantalón
- 1 chaqueta o parka
- Calcetines gruesos
- Bufanda y guantes
Ojo que dependiendo de su sexo y su interacción con las telas ajustadas, puede incluir panties y calzoncillos largos. Ordenar las prendas como corresponden en su cuerpo, y voilá, usted está abrigado.
En esos momentos de la gélida mañana, da lo mismo parecer Michelín o que nuestra silueta aparente que el sodio está causando estragos con la acumulación de líquidos. Luego vendrá el arrepentimiento.
Te subes a la micro o el Metro lleno y entre ese apretuje humano falto de oxígeno y ―muchas veces― desodorante, la masa genera calor en esos limitados espacios cuadrados. Como puedes, te vas desprendiendo de los guantes y bufanda, y ya te abriste la chaqueta. Pero no importa, no tienes frío y encuentras algo desquiciadas a las personas que suben con algo sin mangas largas. Vuelves a la calle y el aire que podría “enchuecarte el caracho” te provoca volver a la amiga bufanda.
Llegado el mediodía, ni captaste cuando te sacaste la chaqueta y los demás ya está bien guardadito en un espacio de la mochila. Llegaron las tres de la tarde, y el sol encima te sonríe: “¿Por qué le creíste a Iván Torres?”.
Te da calor el polerón, así que ahora andas con las cosas colgando. Te falta un mapa, cara de duda y ya pareces turista. Ya no fue buena decisión abrigarte tanto ni la receta de mamá. Te sientes alharaco(a) por haberte puesto chaqueta y envidias a la gente que se pasea delante tuyo en polera y lentes de sol. Si eres mujer y te pusiste panties, pasas numerosos minutos evaluando el trámite de ir a quitártelas al baño más cercano.
Son las cinco y treinta, el sol está bajo y ni notaste cuando te “enbufandaste” de nuevo. Ya se oscureció y ya no eres un animalito de carga, te has puesto todo de nuevo. Ahora, poco importa haberse matado y puteado al calor un par de horitas atrás.
La decisión es personal: o pasas frío ratos o pasas calor a ratos.
Foto: Paulo Dourado (cc)
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