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Nostalgia de pokemones: Pipo y el pokevacilón

Publicado por en 14 Mayo 2010 – 18:57Sin comentarios

Nostalgia de pokemones: Pipo y el pokevacilón

Pipo cruza la cortina negra y se tira al ancho sillón. Su mano derecha se agarra el estómago buscando frenar los impulsos provocados por la risa. Se saca el gorro Kustom y lo pone sobre su rostro. Permanece allí unos minutos más. Llega Candy y lo llama. Pipo no oye, la música zumba en el aire y, pese a que están en el segundo piso, logra traspasar las capas de concreto. La muchacha se apoya en el respaldo del sillón, con cuidado para que su corta falda blanca no muestre más de lo necesario, y le dice “Oye, el administrador te va a dar jugo cuando sepa”. Él se gira hacia ella y chasquea los dedos: “Si le gusta no más”. Él tiene claro lo que vale para el local: locutores hay muchos; locutores que “enganchen” con los poquemones, muy pocos. Se permite lo que considera necesario para entretener y entretenerse. Y si a alguien le espanta que dos adolescentes –hombres– se den un beso para ganarse unos freepass, simplemente se los pasa “por la raja”.

Horas antes Pipo se para en el centro del alfombrado escenario verde oscuro. Con la mano derecha sostiene el micrófono y con la izquierda se arregla la brillante hebilla DC. Las puertas de la discoteque Imperio Vallarta comienzan a abrirse al público. Se apagan las luces. Las bolas y los otros juegos de focos se activan. Comienza a sonar “Aprovéchalo”, de Wisin & Yandel. El local queda casi a oscuras. En Imperio Vallarta es de noche; en el exterior, de día. Los carretes poquemones son –preferentemente– para menores de edad, por ello se programan los domingos a las tres de la tarde. Sin copete. El ingreso, para evitar filas, parte a las dos treinta. Comienzan a asomarse las zapatillas Emérica, Adio, Kustom y Glove. Entran rubias, colorinas y morenas. Casi todas teñidas. La mayoría con expansiones. Pipo saluda desde el escenario. Varios de los que vienen llegando son sus amigos. “¡Bienvenidos cabros!, aparece su grito grueso y firme por los parlantes. Salta a la pista y se pone a bailar entre sus pares.

Pipo frunce el seño y se pasa la lengua por el piercing de su labio inferior. Está mirando los freepass. Tiene que regalarlos en un concurso, en uno “bakan para prender el ambiente”. Hasta ahora se las ha ingeniado muy bien: ha depilado piernas, obligado a comer cebollas, rapado cabezas y desnudado torsos femeninos. A los “pendejos les gustan esas cosas. Son bien sapos”. Se para con brusquedad y llama por celular. Necesita dos pañuelos o algo con qué vendar los ojos. De la puerta de la derecha del sillón salen las bailarinas: Paloma y Candy, ambas con falda y botas. Les explica con detalle el plan. Paloma se ríe, Candy no. Desaparecen los tres por la cortina negra y se dirigen al escenario.

Paloma no se llama Paloma. Candy no se llama Candy. Pipo no se llama Pipo. Pero todos les dicen así. Los poquemones siempre usan un apodo. No puede ser cualquiera: debe ser “estiloso” y “prendío”. A Pipo no le gusta que se dirijan a él por su verdadero nombre, es algo “muy rancio”. El sobrenombre es vital para que los demás se acostumbren a reconocerte. El resto es ponceo, concursos e internet. Pipo lo consiguió. Destacó poco a poco en locales como Urbano y Estación 21, logrando extender su fama más allá de su oriundo Maipú. Esa fama llegó a los hombres de Imperio Vallarta y lo llamaron para que animara los carretes en el local de San Bernardo.

Cara a cara, en el escenario, se ubican dos muchachos. El de la derecha lleva largas patillas y una chasquilla que cae a un lado de su rostro. El de la izquierda lleva un yóquey con la visera hacia atrás. Ambos tienen los ojos vendados. Pipo se sitúa entre los dos. “Muy bien, voy a contar hasta tres y se acercan a darle un beso a las chiquillas”. El animador comienza la cuenta. Uno de los chicos no avanza: “No, ¿y si no son ellas?”. Pipo detiene la cuenta, se aparta y llama a Paloma y a Candy. “Okey, chicas acérquense a ellos. Ustedes dos, tóquenle las caras”. Ambas obedecieron y los poquemones estiraron torpemente sus brazos hasta alcanzarlas. Pipo vuelve al centro, “ahora sí. Gana el primero en dar el beso y ellas no se pueden mover”. Comienza a contar y los muchachos se van acercando, pero las bailarinas ya no están y los poquemones quedan frente a frente. “Manos atrás y estiren la trompa.”, Pipo les ordena. Ellos se detienen. Están a sólo unos centímetros. “¡Vamos!, ¡por esos freepass!”, el grito penetra los parlantes. El poquemón con chasquilla se adelanta. Como un perro buscando su hueso, él busca una boca. No hay música. No se alza ninguna voz. El piercing de Pipo baila en medio de una sonrisa. Los labios de los chicos se juntan. El grito y las carcajadas generales. Las bailarinas sacan las vendas, Pipo entrega los freepass entre risotadas y el poqueganador está blanco tras darse cuenta de que le dio el beso a un hombre.

Imagen: SpirosK (cc)

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