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Un terremoto, compadre

Publicado por en 12 Mayo 2010 – 21:27Sin comentarios

Un terremoto, compadre

En 1912, El Hoyo abrió sus puertas cerca de la Estación Central. Hoy, el restaurante reúne hasta a 400 comensales. Los más asiduos se han hecho amigos de los mozos y de otros clientes. Disfrutan de los perniles, del arrollado y del terremoto, un popular trago creado en el local.

Enrique Marambio va de un lado a otro. Como todos los sábados a la hora de almuerzo, el restaurante El Hoyo está repleto y él tiene muchos clientes a los que atender. Al garzón le gusta el movimiento, que todo sea rápido. Lleva tres, cuatro y hasta cinco platos en las manos y sobre los antebrazos. Con humor, les pide permiso a los comensales que le estorban el camino cuando viene de la cocina: “Dejen pasar al pobre Marambio”.

Cuando está lleno, como hoy o los días viernes, en El Hoyo hay cerca de 400 personas. Muchas de ellas van casi a diario. Comen arrollado, lengua, pernil o prietas, y toman chicha, vino y terremoto, un trago hecho con pipeño y helado de piña. Enrique lleva veinte de sus 44 años trabajando en el restaurante y se ocupa, junto a otro mozo, de uno de los cuatro comedores. Tiene clientes fijos, que piden que él los atienda. “Es como estar en la propia familia de uno. Generalmente, uno comparte más acá que en la casa”, afirma.

En el salón central, en cuyas paredes hay grandes letreros de madera que exhiben los precios de los platos y las bebidas, varias personas esperan a que se desocupen algunos lugares. Marambio, vestido con un delantal celeste, se detiene allí unos instantes a bromear con un grupo de comensales jóvenes. Están sentados en torno a dos barriles que hacen las veces de mesas. En El Hoyo, aún quedan cuatro o cinco barricas en las que la gente come y, sobre todo, bebe. La tradición de darles ese uso data de los orígenes del restaurante.

En 1912, el local abrió sus puertas en una casa con piso de tierra, cerca de la Estación Central de Santiago. En él se vendía carbón, forraje y frutos del país. Para atraer a los trabajadores ferroviarios, el dueño, Benjamín Valenzuela, agregó a la oferta charqui, huevos duros y chicha. En lugar de mesas, puso las barricas del fermentado que quedaban vacías. Los clientes llamaban al lugar “el hoyo”, porque estaba en un desnivel de terreno.

En los años ochenta, El Hoyo estaba a cargo del hijo de Benjamín Valenzuela, Guillermo. Él fue quien, el día después del terremoto de 1985, bautizó con ese nombre a un trago preparado con vino pipeño y helado de piña. A la versión pequeña le puso “réplica”. Su hermano tuvo la idea de poner un mostrador con arrollado y perniles que, hasta hoy, está en el salón central. El restaurante siempre se ha mantenido en la familia y Armando, el hijo de Guillermo, es el actual dueño. Él agregó nuevos comedores al local y amplió la carta.

Las bromas de Marambio hacen que los clientes que están en torno a los barriles suelten algunas carcajadas. Las risas, las conversaciones y el ruido del choque de los platos invaden el lugar. A ratos, se suma la voz aguda de Armando, quien, desde la caja, llama a los mozos por los parlantes cuando los platos están listos para servir. El dueño apenas se ve tras la ventanilla, que está llena de carteles que ofrecen chicha para llevar, vino y terremoto.

El sonido del televisor que hay frente a la barra es sólo un murmullo. Un hombre corpulento y de bigote tupido está sentado junto a ella y mira la pantalla sin beber nada. Los meseros lo saludan cuando, rápidamente, llegan a buscar cubiertos o mantequilla para llevar a las mesas. “¡Locura!”, le dice Marambio al pasar, en referencia al veloz ritmo de su labor.

El hombre del mostacho se llama Alex Valenzuela y, pese al alcance de apellidos, no es pariente de los dueños de El Hoyo. Con 58 años, frecuenta el restaurante desde hace 41 y se ha hecho de muchos amigos allí. Va tres o cuatro veces a la semana y, generalmente, lo atiende Guillermo Naranjo, uno de los tres garzones más antiguos. Hoy, vino a dejarle un regalo a su mesero habitual, quien estuvo de santo hace pocos días.

Para Alex, El Hoyo no es sólo un lugar culinario, sino un sitio en el que puede conocer a otras personas. Siempre se sienta en la barra, donde ha formado un grupo de muy buenos amigos, casi como una familia. “Aquí converso con la gente, aquí nos contamos nuestras cosas, nos reímos, en más de una oportunidad hemos llorado… ”, cuenta. Uno de ellos tiene una parcela en Paine en la que hacen asados. En febrero, cuando El Hoyo cierra y todo el personal se va de vacaciones, invitan y atienden a los meseros.

A pedido de los mozos, a veces, Valenzuela vigila la barra. Hay clientes que consumen en ella y, luego, como los garzones están más atentos a las mesas, se van sin pagar. Alex comenta, entre risas, que hay quienes lo confunden con el administrador.

Valenzuela piensa que el trato amable que hay en El Hoyo es una de las razones de su éxito. “Yo creo que, fundamentalmente, los negocios los hacen los garzones”, comenta. Marambio coincide con esta percepción y, por eso, procura ser simpático con la gente y se anticipa a lo que puedan pedir. “Que pebre, que mantequilla (…). Ésa es la clave para poder atender bien y que el cliente vuelva, porque nosotros vivimos de esto”, explica el mozo.

Entre los grupos de amigos, las familias con guaguas y los turistas que ocupan las mesas, comienzan a sonar los acordes de un bolero. Son Los Forasteros, tres músicos viejos, todos de camisa amarilla y chaleco rojo, que frecuentan El Hoyo y que, al terminar su repertorio, piden una colaboración a los clientes. Dos tocan las guitarras y el tercero canta. Alex comenta que les compró un CD que grabaron hace poco.

Baudilio Calderón es uno de los guitarristas y cuenta que los dueños del restaurante les dan un trato preferencial. Son los regalones: almuerzan allí, tienen un camarín para cambiarse de ropa y baño con agua caliente. “Lo que tenemos en El Hoyo, no se paga con nada. El hecho de estar aquí, que se preocupen de atendernos, no se ve en ninguna parte”, afirma con una sonrisa. Se han hecho amigos de los mozos y han ido, por iniciativa propia, a hacer serenatas a sus casas cuando la esposa de alguno de ellos está de cumpleaños.

Mientras Los Forasteros tocan su música, los garzones sirven los postres en algunas mesas. Marambio, luego de reírse un rato con los cocineros, pasa cerca de la barra canturreando. Alex toma un terremoto y saluda a un compañero de la barra, que acaba de llegar. En 2012, el restaurante de los Valenzuela cumplirá cien años. Pero El Hoyo ha visto el nacimiento de otra familia: la del grupo de amigos que se han conocido en sus salones.

Restaurante El Hoyo. San Vicente #375 (Esquina Gorbea).

Foto: El Hoyo (©)

Este texto fue escrito en el marco del ramo Narración Escrita, impartido por el profesor Pablo Márquez en la Universidad Católica.

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