Estudio en Valpo y qué saben
La revolución pingüina, la adolescencia y las marcas del “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica” —entre otras cosas del corte político— nos pegó a varios una cachetada donde más nos duele al darnos cuenta de que nuestro resultado en la PSU no nos alcanzaba para entrar a una universidad del Consejo de Rectores en nuestra ciudad natal, Santiago. Ahí el mundo se viene abajo y tienes que empezar a idear los planes para tu futuro y obviamente tomar alguna decisión para seguir normalmente el curso de tu vida. Aquí aparece Valparaíso.
Las posibilidades que se te presentan son tres: entras a trabajar y abandonas el sueño de estudiar por ser parte de tu querido proletariado, hacer un preuniversitario —preuniversitario popular, claro, nada de Cepech ni Pedros de Valdivias acá, ya que si no entraste a la Central es por algo, porque obvio, nada de darle plata a los real privados— o te aventuras a la experiencia de irte a estudiar a otra región. Yo opté por la tercera. Valparaíso fue mi elección por varios motivos: porque está cerca de Santiago, porque la malla de mi carrera era bonita y por todo el mambo del que tanto se habla.
Los primeros comentarios de mi familia fueron “pero te vas a perder en el carrete, ya sabes lo que le pasó al primo del amigo del vecino de tu tía, ¡se echó todos los ramos por quedarse carreteando!”, “no vas a tener a nadie que te controle, que te despierte y te obligue a estudiar”, “nos vas a echar de menos y querrás volver a los dos meses”, etc. No le hice caso a nadie y quise seguir el sueño de todos, ese de “independizarse a los 18” —o sea, vivir sola pero a costillas de mi viejo— y de estudiar lo que quería en una universidad “estatal”.
Cuando llegas acá todo se vuelve mágico. Te intoxicas con el olor de las calles de algunos barrios, que son mezcla de brisa marina y orina, los hippies, los mendigos y los shupers se hacen parte de tu habitat natural, te quedas con dolor de pantorrilas las primeras dos semanas (si es que vives en un cerro) y por sobre todo, eres muy feliz con la bohemia que se vive en el puerto.
Mi primer día de clases en la UPLA —Universidad de Playa Ancha de ciencias de la educación. Sí amiguitos, el peda porteño— fue una charla del director de carrera y luego un paseo junto a los chicos de segundo año por el antro que queda al frente de la U, el popular y famoso “Roma” (yeah, porque como me lo habían advertido, todos los caminos conducen al Roma), donde te venden cerveza por cheques Sodexho, donde está el tío que todo el día está sentado en la mesa de la esquina jugando cartas —y si te acercas a él, le dices las palabras mágicas y junto a una luquita te da alas fumables— y donde se reparten sonrisas y gritos por doquier mientras compartes con todos los chicos de la universidad.
Luego de que te acostumbras al microclima de Playa Ancha (porque acá todo es diferente, si en el Plan —la parte “plana” de Valparaíso— hay un tremendo sol, acá puede que esté lloviendo) vas conociendo otros rincones de este hermoso puerto, como La Torre, un sucucho que hace una especie de happy hour, donde con pase y desde cierta hora venden cerveza de litro a $350 o la mismísima playa, Torpederas de mi ensueño, con sus vinitos y bailes locos de madrugada.
Las maravillas de Valpo son varias y no tienen nada que envidiarle a Santiago. Por ejemplo, el pasaje escolar de las micros vale $100 y el pasaje completo $300, un colectivo por sólo $450 cruza toda la ciudad para dejarte donde quieras, puedes devolverte a tu casa en la madrugada sin problemas (aunque vivas en la punta del cerro, literalmente) porque hay muchos colectivos pasando de noche. Puedes curarte y salir vomitando con mil pesos si vas a subida Ecuador (especialmente en el Coyote Quemado, con luquita te compras dos “Sacrificios Maya” y terminas echando fuego por la boca), puedes ir a la Blondie también, puedes andar en Metro, puedes ir a snobear a las calles de Cerro Alegre, llenas de cafés shuperlocos como los del barrio Lastarria o Bellas Artes; si quieres mirar cuiquerío un rato vas a Viña del Mar (que es como Providencia/Las Condes, pero con mar) a tomar un café en Starbucks, pero si eres más piante, puedes ir a los locales que están cerca del mercado, que son como La Piojera (sin farándula eso sí) o El Hoyo, pero con really guachacas, de esos que comen un plato de porotos por $700 junto con su cañita de pipeño los lunes.
En definitiva creo que fue la mejor opción venime a estudiar al puerto, mi pseudo independencia vale la pena, amo salir sin darle cuentas a nadie y por sobre todo amo cuando estoy en clases de griego y las gaviotas me gritan “Sumi, pesca al Juto”.
Imagen: Hector Garcia (CC)
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