Idiosincracia a la basura
Todos somos hijos del rigor. Querámoslo o no, fuimos engendrados por una generación que de una u otra forma se vio afectada por la violencia física, el maltrato hacia la mujer y la genial determinación por contestar los “por qué” con una bala o una cachetada. No es de sorprenderse que nuestra educación sea poco avanzada y que no logremos ponernos de acuerdo sin garabatos en el Parlamento. Somos hijos del rigor y la violencia y agresividad están presentes en nuestro inconsciente de una forma impresionante, tanto que podemos reírnos hasta de nuestra propia desgracia. ¿Por qué no? Yo también lo sufrí y también lo hago.
No todo es tan terrible. Después de vivir casi veinte años a punta de combos y patadas y creer que todo era mi culpa, lo menos que podría decirte es “a ti también te ha pasado”. Porque sí, ¿no te han punteado en la micro, te ha rajado el ayudante en la prueba o te ha puteado el jefe porque no tuvo sexo anoche? Es verdad. Tú también lo sufres cada día, no al nivel que lo sufrí yo, pero Chile está hediondo a violencia. Eddie Hondo.
Porque yo sé que me entenderán. Mi querida madre sí que sabía demostrar su amor conmigo: encerrándome días enteros como castigo por no comerme la comida, diciendo que no podría juntarme con mis amigos porque eran flaites, fletos u de mala familia; agarrándome a huascazos porque no me gustaban los regalos de navidad y obligándome a hacer aseo tooodo el día de mi cumpleaños. Ni mencionar a mi papito.
Los métodos de castigo varían según nivel socioeconómico, pasando desde la nalgada default hasta cosas tan brígidas como correazos y palos, eso si es que sólo nos adscribimos al maltrato físico. Si nos vamos a los sectores bajos, el adoctrinamiento (?) no sólo está amparado bajo la relación asimétrica de padre-hijo. Incluso en tribus urbanas como los evangélicos (?!) se repite el verso “No rehúses corregir al muchacho, porque si lo castigas con vara, no morirá” para justificar su disciplina nazi.
En niveles más altos, los castigos son un poco menos severos físicamente pero igualmente comparables. Nanas golpeadoras y aprovechadoras de la ausencia de las madres, la soledad absoluta en la crianza de los niños y los problemas entre las parejas suelen ser ocultados con ilustres anulaciones de matrimonio e “idas a comprar cigarros”.
Quizás se pensará que estoy siendo demasiado grave con los ejemplos, pero la cosa no termina ahí. Vivimos bajo continuos estímulos de violencia –y no solo maltrato físico o verbal– tanto que los consideramos ya “normales”. No es de extrañarse que la mayoría de la población avale el gobierno de Lagos porque “era mano dura” y que las señoras que muy bien retrataron en el Congreso como momias conchetumadres critiquen los eventos actuales con “en la época de mi general no pasaba esto”. Pareciera que lo mejor para nosotros es que vivamos siendo pisoteados, maltratados y vulnerados porque lo merecemos. Porque nuestra mente es un círculo vicioso de culpas y perdones, porque se nos enseñó a ser unos pobres diablos que debían agacharle el moño al patrón, al Presidente, al jefe y al paco. Y si alzamos la voz nos tratan de indios y de ignorantes porque tampoco sabemos defendernos.
Te invito a que te fijes todos los días en los pequeños detallitos en los cuales no levantas la voz y prefieres callar a reclamar. No hay que pensar siempre que se está equivocado y que no vale la pena levantar la voz cuando algo no está bien. Si no te dejan pasar en el Metro simplemente dilo. Si tu vecino le pega a sus hijos denúncialo. Si tu jefe te insulta debátele de vuelta. Si no te gusta que el Transantiago suba manifiéstate, pero con cordura, no tirando piedras. El devolver la mano con violencia es aún peor que haberla recibido.
Imagen: Daquella manera (CC)
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