Pelotas y bananas, para variar
El jaguar de Sudamérica, seguro. Menos mal que ya dejamos de creer en esa mentira. Chile es un país mediocre y bananero, latinoamericano hasta los cocos. Cada vez que experimentamos un logro deportivo, resulta que la euforia es mayor que la de la iglesia más fanática y la mejor forma de demostrarla es dejar la cagada. Las celebraciones ya no se diferencian de los saqueos ni las protestas, porque ya todo raya en lo patético: no me importa romper o saltar, robar, comer o cagar, mientras me miren y pueda ser parte de la masa. Juntos venceremos, no hay otra forma. Plaza Italia es el destino.
Ojalá se tratara solo de lumpen marginal, delincuentes cotidianos que buscan la oportunidad para realizar su trabajo. Basta con dar el pie para la histeria colectiva para que las señoras juanitas estiren la mano y busquen su parte, aunque normalmente se trate de la mujer más mosca muerta del barrio. Total, si los demás lo hacen, ¿por qué ella no?
En la locura de la grey, todo está permitido. ¿Será que la violencia rebalsa a Chile, Chile lindo como un sol? Las pelotas, puras excusas baratas. Todo para camuflar que nuestra economía no está basada en el cultivo de bananas solo porque el clima no lo permite. En el fondo, el cobre es nuestros plátanos: lo que teníamos a la mano y desde entonces no hemos creado cosas nuevas que reemplacen el recurso. Los países desarrollados nos miran con la misma cara que ponía tu tía cuando le decías que tu papá es el mejor del mundo.
Tenemos un autoproclamado gobierno de los mejores, una nueva aristocracia que lo único que necesitaba para controlarlo todo eran los votos. Ahora que la política, la plata y las influencias están en un puro lado, no sorprende que al perraje no le quede más que destrozar y decir: “aquí estamos”. Al final, así ha sido siempre que no los han reprimido. Ya están tan acostumbrados que ni con los mejores planes de asistencia social saldrán de ese hoyo. Lo que necesitan es que los integren y especialmente que los eduquen, para que sean mejores consigo mismos y no solo cuando los demás los están mirando.
De todas maneras, la solución no es eliminar las celebraciones. Qué satisfecha estaría la Fuerza Pública si los bananeros adhirieran a los razonamientos del intendente pelotudo y concluyeran: “Hey, ¿para qué celebro si yo no estaba en la cancha?”. Ese no es el camino. Hace 20 años, mucha gente celebró en la calle y no hubo destrozos como los de los últimos días. Equilibrio, eso le falta a este Chile bananero. Después de todo, las reuniones públicas son el alma de la democracia… o algo así decía un tal pescador filipino llamado Aristóteles.
Foto: Amable Odiable (cc)
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