Mi cerebro depende de Google
El otro día leía cómo según un gringo Google nos está haciendo estúpidos. El artículo es muy bueno, principalmente porque la investigación es seria y las conclusiones súper acertadas, además de poner en claro qué podría considerar como “estupidez” y la transformación histórica involucrada. El punto notable principal es que dadas las nuevas tecnologías, cada vez cuesta más leer textos extensos. Me pasa a cada rato. Tomo un libro largo que tengo que estudiar para alguna prueba cercana y no hay caso: leo un par de páginas y ya tengo que saltar a otro lado, me aburre no contar con fuentes extra en los contenidos ni poder hacer Ctrl+F para poder buscar las frases que necesito. Es terrible, pero la costumbre de la lectura frente a la pantalla nos está moldeando y puede que sea cierto que por culpa de Google ya no nos podemas concentrar.
Los que rondamos los veintialgo años podemos identificar la era de las tareas AG y DG. En mi casa aún hay una enciclopedia Salvat que se llamaba Monitor, con la que aprendí desde quién fue Aníbal de Cártago hasta las Leyes de Newton. Cuando era chico fue una fuente casi inagotable de conocimiento, porque son tantos tomos que llenan un mueble completo en el comedor. El problema surgió cuando tuve que aprender sobre cosas que pasaron después de los años ’70, época en que la enciclopedia ya había sido terminada y como en todos los libros de ese tipo, era necesario actualizar todo a la nueva versión, acción con un altísimo costo y para nada práctica. Hoy ya nadie hojea el Monitor.
Con el maravilloso Internet todo eso quedó atrás. El conocimiento digital nos permite realizar búsquedas rápidas, resaltar fácilmente lo que pensamos es más importante que el resto, tomar grandes trozos de información y ponerlos donde nosotros estimemos y poder editar cuantas veces queramos lo que estamos escribiendo. Y principalmente, como le gusta decir a Carcuro, hoy hay fuentes virtualmente ilimitadas de información que podemos desechar en favor de otras, por lo que el poco tiempo con el que contamos marca el paso de lo que sí leemos y lo que no.
Encontrar citas, tesis, imágenes, música o videos nunca fue tan fácil. Hoy no es necesario recordarlo todo, porque para eso están Google y Wikipedia. La verdadera utilidad actual está en saber buscar, discriminar, asimilar y reutilizar el conocimiento que a destajos plaga la red. Los libros se quedaron atrás en ese sentido. Fueron escritos para otro público, uno que tenía la disposición de sentarse y hacer nada más que interpretar los símbolos de las páginas; hoy en cambio somos tan multifuncionales que difícilmente podemos mantenernos concentrados en solo una tarea.
No por eso somos más estúpidos, como bien concluye el autor del texto citado al principio: solo estamos creando procesos cognitivos diferentes a los que estábamos acostumbrados. La información es transmitida de otra manera y nuestros cerebros se están acostumbrando, es un cambio fisiológico y no solo de actitud. Me da pena por los libros, pero me da toda la impresión de que el tiempo que les queda es bastante poco, en términos relativos a la vida útil que han llevado.
Lamentablemente Gramsci, Lenin y Nietzsche no escribieron para Google y me queda un laaargo día con ellos.
Foto: missha (cc)
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