Ser alguien en la vida
Acabo de fumar un cigarrillo parado en el balcón. Solo llevo un pantalón de buzo, sin camiseta. Son las 3:30 de la madrugada en Chueca, un barrio gay y de los más bohemios de Madrid. Tres maricas me tiraron piropos, una gringa me dio las buenas noches y una española un poco borracha me tiró un beso. Eso me puso a recordar Bellas Artes, un barrio gay y de los más bohemios de Santiago. Las cinco horas de diferencia me dicen que allá aún es domingo. Quien sea que duerma en lo que era mi habitación probablemente no saldrá al balcón a fumar un cigarrillo y de todos modos, aunque lo hiciese, nadie lo saludaría. ¿En qué momento olvidamos que la vida es para disfrutarla? ¿Podemos darnos ese lujo los países emergentes?
Santiago es una gran ciudad para vivir, tranquila, relativamente bonita, moderna y tremendamente aburrida. Seamos honestos: somos los primos tarados de Latinoamérica. Hasta los argentinos tienen su fama de fiesteros y para qué decir el resto de países con su carnavales y colores. Nosotros, en cambio, nos pasamos todo el día corriendo de un lado a otro, rogamos para que sea viernes, nos juntamos a las ocho de la noche, nos metemos cuantos pisco podamos y salimos a dar jugo.
Siempre he pensado —en mi posición de eterno bohemio— que ese afán del borracho barato que sale a dar jugo, más que una manera de divertirse es una forma rápida y socialmente aceptada de evadirse, más un “no quiero saber más del mundo” que un “vamos a celebrar la vida”.
Piénsalo. Te pasas los ocho años con una mochila el doble de tu tamaño en la Enseñanza Básica, donde estudias en el colegio y haces las tareas en casa. Luego la Media, que son cuatro años de sácate la cresta para obtener buen NEM, además del último año para obtener un buen puntaje, todo eso para entrar a una buena universidad… o cualquier universidad, al fin y al cabo. Una vez que entras, pasas cuatro, cinco, seis o más años sacándote la cresta para poder ser un buen titulado y dedicarte a trabajar en el mejor puesto de trabajo. Entonces te toca trabajar “de ocho a ocho”, más lo que te llevas de la oficina a la casa, para poder comprar el auto bonito, el depa con la silla barcelona y las vacaciones de dos semanas al año en Cancún. Eso después de cinco años de trabajar de corrido, claro.
Me dirán que nuestro el rigor militar notorio en nuestro estilo de vida —que admito es legado de Pinochet— fue necesario para convertirnos en la joyita de estabilidad latinoamericana. Me pregunto: después de 20 años de democracia, ¿no podemos relajarnos un poquito? Si no somos el-marido-que-toda-vieja-culiá-quiere-para-su-hija, entonces tenemos que ser el anarko que le echa toda la culpa al sistema y vive amargado. Gente mía, ¿no podemos simplemente recordar a veces que la vida se disfruta día a día?
Propongo sinceramente cagarnos en el ser alguien en la vida y dejar tranquilo el colon. Si algo tenemos que aprender de países desarrollados e inestables como España es eso.
Llevo más de tres meses en Madrid y nadie me ha mirado feo por no trabajar, así como nadie me ha alabado por tener mi propia empresa a los 23 años. Nadie quiere escuchar la historia de cómo mi primo de 32 es socio del director de Endesa para Latinoamérica o sobre cómo me he matado trabajando todas las putas vacaciones de mi vida post pubertad. La gente se preocupa de que el día que se pueda nos tomemos un vaso de cerveza con unas raciones de calamares rebozados, luego nos vayamos a una disco donde pongan buena música y si es posible terminar la noche en cama ajena… o mejor en cama propia con culo ajeno.
Tal vez nos quejemos un momento del imbécil de Zapatero y sus discusiones ridículas con el intrascendente de Rajoy. En otra ocasión nos reiremos de Evo Morales y el mono de Chávez y tendremos un rato tenso cuando toquemos el tema del colonialismo. Habrá risas escandalosas cuando les recuerde que mañana a las 8 tendrán que estar en pie para ir a trabajar.
Mi primera reacción como miembro orgulloso de un país emergente fue pensar en lo flojos que son los españoles. No tardé mucho en dar cuenta de que lo que llamé flojera —vacaciones de casi un mes, salidas con los amigos los domingos, trabajar de nueve a cuatro y tener tiempo para ir al parque a dar una vuelta, que dicha así más parece calidad de vida— es en realidad una existencia bastante equilibrada. Hablo del equilibrio entre ganarse la vida y tener una vida, ese equilibrio que no es ni bailar samba todo el día ni ser la sociedad del ataque de colon a los 18 años.
A tres meses de vivir fuera de Chile me doy cuenta de que eso de ser alguien en la vida, esa puta frase de profesor de colegio, no está tan mal cuando entiendes que ser alguien significa tener una vida plena, llena y bien disfrutada.
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