Matadero – Palma – Catapilco

Foto: nicoaracena (cc)
 
Por 6 marzo 2012
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Verano, verano… la estación mas importante del año. Te pasas desde marzo a diciembre preparándote: juntando plata, sudando como chancho en la operación verano sin polera, organizando viajes con tus amigos –viajes que nunca realizas, claro–; todo con miras a ese glorioso momento en que, mirando el Pacífico, te quitas la camiseta, te embetunas con aceite de zanahoria y quedas varado tan fofo cuan ballena en la arena. Al final poco te importó el rollo que no erradicaste, poco importó que terminaras en Viña del Mar y no en Florianópolis, haberte endeudado con tu abuela y que tus amigos te hayan abandonado para irse, para variar, con sus familias.

Llevé a la anciana a la playa para que ningún ballenero japonés me la arponeara, la asoleé hasta que quedó en tono conductora de matinal festivalero y partí a tomar la micro.Así figuraba yo, con la espalda quemada en tantos tonos que, de haberme puesto peluca, hubiese parecido la transformista mejor maquillada de la temporada. Después de cinco días con mi madre en Reñaca, sin que me dejara ir a otro sector que no fuera el Quinto porque le gustó la música (¡tan gay proud electromom que es la anciana!), un buen amigo me llamó para pasar el último fin de semana en su parcela en Catapilco.

A mi edad y en el inminente caos social en el que me he encontrado esta temporada, no lo pensé dos veces. Llevé a la anciana a la playa para vigilar que ningún ballenero japonés me la arponeara en el agua –mal que mal, anciana y todo no querría yo pasar de electromom a sashimimom–, la asoleé hasta que la vieja quedó en tono conductora de matinal festivalero y partí a tomar la micro Matadero – Palma – Catapilco.

Les prometo que esto no es causa del bajón de los ácidos que me tomé anoche, pero es gracioso cómo la vida te regala viajes que van mucho mas allá de pasar una hora en una liebre.

El autobús partía en Viña y paraba en Concón, Quintero, Ventanas, Maitencillo, Catapilco, La Ligua y Cabildo. Todos sitios que visité de niño, en cosa de minutos viajaba yo en el tren del recuerdo –más emocionado que las veteranas que se subieron hace poco en el viaje conmemorativo del tren a San Antonio–. Medio tembleque –aún no entraba ácido alguno a mi organismo–, se me vinieron a la cabeza todos esos veranos con sabor a arroz con tomate y salchicha en Algarrobo, esos veranos de recuerdo nebuloso en que mi abuelo nos tiraba a mi abuela, mi prima y yo dentro del Chevy Nova y partíamos a los departamentos de la FACh en Quintero.

Me vi los brazos y recordé la historia de cada una de mis cicatrices.De algún modo metafísico que de seguro ya lo querría la Cecilia Bolocco, me encontraba yo, diez años después, en el mismo sitio, rearmando una vida que había dejado en pausa al irme del país, inventando una vida nueva –luego de que me aburrí de la anterior–, preocupado de cómo me veía sin camiseta en el Sector Cinco de Reñaca, preocupado por lo bonito que queda mi nuevo trabajo en mi currículum, asustado de la soledad del maricón adulto. Me vi a mí mismo, camisa de temporada de valor absurdo, jeans ajustados a la usanza, zapatos de cuero marengo, unos Ray-Ban amariconados y un gorrito de aspecto blusero, tirado afuera del supermercado de Catapilco.

Ahí, sentado, esperando que mi amigo me fuese a recoger, un niño se me acercó, negro como solo un niño sin miedo a los bronceados disparejos puede estar, sucio como un niño al que no le importa vivir en un pueblo sin pavimentar, y me vi a mí mismo montado en mi bicicleta sin marca conocida, corriendo cerro abajo en Chincolco. Me vi los brazos y recordé la historia de cada una de mis cicatrices: la vez que pasé corriendo al lado de un espino en Chincolco me sonrió desde debajo de mi hombro, el aterrizaje forzoso en una acequia brillando fuerte en mi codo, ese nogal que –luego de cien advertencias– pude escalar, me recuerda que de niño sabía aterrizar con la cara.

El niño me sonrió y recordé a Neruda, que dentro de su eterno plagio a Whitmann escribió:

Y cambiamos
Y nunca más supimos quiénes éramos,
Y a veces recordamos
Al que vivió en nosotros
Y le pedimos algo tal vez que nos recuerde,
Que sepa por lo menos que fuimos él, que hablamos
Con su lengua,
Pero desde las horas consumidas
Aquél nos mira y no nos reconoce.

No me reconocí al verme en ese espejo y supe que diez años no pasan en vano, entendí al fin que vivir es morir a cada minuto, y que la memoria es un cofre de riquezas al que recurrir cuando el Dicom del espíritu nos llena de notificaciones. Esa noche, en el hot tub de la parcela, miré al cielo como en mis tiempos de scout y las estrellas no eran las mismas. No las reconocí ni quise reconocerlas, solo las miré y guarde esa imagen para, cuando las vea otra vez desde aquí en diez años, sonreírles como le sonreí a aquel niño empolvado fuera del supermercado de Catapilco.

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EL AUTOR
Luego de largas caminatas-contemplaciones-terapeuticas-post-traumáticas se hizo amante de la fea, descubriendo sus recovecos más sensuales. Sueña con trasquilar su propia lana de oveja rebañera y hacerse con ella una linda chomba.
 
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